
Redacción: Miriam Blanco (@miriamblga)
Hay canciones que tienen el poder de llevarnos a otro lugar en apenas unos segundos. A una reunión con amigos, a un verano, a un viaje, al momento en que conocimos a alguien o incluso a esas primeras sonrisas que se quedan guardadas sin que sepamos muy bien por qué. A veces nos devuelven a quienes formaron parte de nuestra vida, incluso a quienes ya no están, o a momentos que creíamos olvidados.
La música tiene esa capacidad de funcionar como una cápsula del tiempo. Unos acordes pueden abrir de golpe un recuerdo y devolvernos a un instante que parecía estar muy lejos.
Pero hay temas que tienen una memoria todavía más cinematográfica. Canciones que ya existían, muchas veces desde hacía años, y que encontraron en una escena concreta el empujón definitivo para convertirse en algo mucho más grande. Desde el momento en que se cruzan con una película o una serie, se vuelve difícil separar la música de la imagen, del personaje o de esa escena que se nos queda grabada.
Filadelfia, unas escaleras y un hombre corriendo mientras intenta demostrarse a sí mismo que todavía puede llegar un poco más lejos. Es difícil pensar en Rocky Balboa sin escuchar de fondo Gonna Fly Now, compuesta por Bill Conti, Carol Connors y Ayn Robbins para la primera película, estrenada en 1976. La secuencia de entrenamiento y aquella llegada al Museo de Arte de Filadelfia forman ya parte de la memoria colectiva del cine.
Seis años después, Rocky III encontró otra canción para acompañar al personaje: Eye of the Tiger, escrita por Frankie Sullivan y Jim Peterik e interpretada por Survivor en 1982. El tono había cambiado, pero la idea seguía siendo la misma: entrenar, caer, volver a intentarlo y seguir adelante.
Dos películas, dos canciones y dos momentos distintos de la historia de Rocky que acabaron hablando de lo mismo. Desde entonces, Gonna Fly Now y Eye of the Tiger han salido de la pantalla para acompañar carreras, gimnasios, entrenamientos y cualquier situación en la que haga falta ese pequeño empujón para seguir.
Las manos de Molly llenas de barro, Sam detrás de ella y el torno de alfarería girando mientras empieza a sonar Unchained Melody. La escena de Ghost es una de esas que cuesta olvidar.
La canción había recorrido un largo camino antes de llegar a la película. Alex North y Hy Zaret la escribieron originalmente para la película Unchained en 1955, y la versión grabada por The Righteous Brothers en 1965 terminó siendo la más asociada a este clásico. Décadas después, Ghost, estrenada en 1990, la colocó en otro lugar completamente distinto: el de una historia de amor marcada por la pérdida.
Desde entonces, resulta difícil escuchar esa voz sin volver a Sam y Molly.
En 1996, Baz Luhrmann cogió la historia de Shakespeare y la llevó a un mundo de neones, playas, camisas hawaianas, pistolas y una banda sonora completamente noventera. Leonardo DiCaprio y Claire Danes eran Romeo y Julieta, y entre tanta estética pop apareció Lovefool, de The Cardigans.
La canción, escrita por Peter Svensson y Nina Persson, se publicó también en 1996 y encajaba perfectamente con aquella versión acelerada del amor. Su melodía luminosa y pegadiza formaba parte de una banda sonora en la que las canciones ayudaban a construir el universo de la película y su particular forma de contar una historia de amor clásica desde una mirada completamente noventera.
Lovefool quedó ligada a aquella película y a una época muy concreta. Hoy basta con que suene para volver a Romeo y Julieta y a la forma en la que Baz Luhrmann consiguió que una historia escrita siglos atrás pareciera completamente contemporánea.
Empiezan los primeros acordes y aparece el barco. Después, el océano, Jack y Rose. Y finalmente aquella proa en la que Rose abre los brazos mientras Jack se coloca detrás de ella. Pocas imágenes necesitan tan poca explicación.
My Heart Will Go On fue escrita por James Horner y Will Jennings e interpretada por Céline Dion para Titanic, estrenada en 1997. La canción y la película nacieron prácticamente de la mano y terminaron siendo inseparables.
Quizá por eso siga funcionando tantos años después: querer a alguien, perderlo y descubrir que una parte de esa persona puede seguir acompañándonos incluso cuando ya no está. Por eso la canción no solo devuelve a Titanic; también devuelve a aquel barco, a aquella historia y a una de las escenas más reconocibles del cine.
Una cuenta atrás, una misión imposible y una despedida que puede ser definitiva. Armageddon, estrenada en 1998, llevó una historia de amor hasta el espacio y encontró en Aerosmith la canción perfecta para acompañarla.
I Don’t Want to Miss a Thing, escrita por la célebre compositora Diane Warren e interpretada por la banda de Steven Tyler, fue lanzada también en 1998 y se convirtió en uno de los grandes temas asociados a la película. La letra habla de querer aprovechar cada segundo junto a la persona que amas, justo cuando la historia está construida alrededor de la posibilidad de que ese tiempo se termine.
Y ahí están Bruce Willis y Liv Tyler, las despedidas, el espacio y aquella canción sonando mientras todo parece estar a punto de acabar. Desde entonces, I Don’t Want to Miss a Thing quedó ligada a esa cuenta atrás emocional: cuando sabes que el tiempo es limitado, cada momento empieza a importar mucho más.
Los edificios empiezan a caer mientras suena Where Is My Mind?. David Fincher deja que la canción de Pixies acompañe los últimos segundos de El club de la lucha y, de repente, una canción publicada once años antes parece haber estado esperando exactamente ese momento.
Escrita por Black Francis y publicada originalmente en 1988 dentro del álbum Surfer Rosa, Where Is My Mind? encontró en el final de la película, estrenada en 1999, una asociación que, desde entonces, resulta difícil romper. La canción no explica lo que estamos viendo ni intenta subrayarlo de forma evidente. Simplemente está ahí mientras las imágenes terminan de construir uno de los finales más recordados del cine de los noventa.
Después de aquello, escucharla significa inevitablemente volver a esa secuencia. Una canción que ya tenía su propia historia terminó construyendo otra, esta vez ligada a Tyler Durden, a los edificios derrumbándose y a la película de Fincher.
Shrek sale de su casa, empieza a sonar All Star y el ogro verde se convierte durante unos minutos en protagonista de su propia historia. Cuando Shrek llegó a los cines en 2001, la canción de Smash Mouth ya era conocida. Había sido publicada en 1999 y escrita por Greg Camp, pero la película consiguió darle una nueva identidad.
Parte de la gracia estaba precisamente en mezclar mundos que, en principio, no tenían mucho que ver: cuentos clásicos, humor absurdo y canciones pop que pertenecían a la cultura de finales de los noventa. All Star encajaba perfectamente con esa forma de hacer las cosas.
Con los años, la canción terminó formando parte de la propia identidad de Shrek. Y también de los recuerdos de quienes crecieron con aquellas películas.
En 1985, Kate Bush escribió, produjo y publicó Running Up That Hill, una canción que durante años siguió formando parte de su repertorio más conocido. Casi cuatro décadas después, Stranger Things la puso de nuevo en el centro de la conversación.
La cuarta temporada de la serie utilizó la canción para acompañar uno de sus momentos más intensos y recordados, ligado al personaje de Max frente a la amenaza de Vecna. De repente, una canción de los ochenta volvía a sonar para quienes ya la conocían y llegaba por primera vez a toda una generación.
La música y el cine tienen algo en común: los dos son capaces de quedarse mucho más allá del momento en el que fueron creados. Pasan los años y aquellas escenas siguen ahí, pero también cambia nuestra forma de escucharlas.
Y quizá eso sea lo más bonito de todo. Que una canción que descubrimos a través de una pantalla termine acompañándonos en otros momentos, que vuelva a sonar años después y nos encuentre siendo otras personas. Con un poco de añoranza, quizá, pero también con todo lo que hemos vivido desde aquella primera vez. Porque la canción sigue siendo la misma, aunque nosotros ya no lo seamos.