Bully - 'Losing' [Crítica]

5 noviembre, 2017
Redaccíon: dod Magazine

Losing - Bully

Redacción: Andrea Genovart

Bully es uno de esos grupos imprescindibles. Necesarios por ser de aquellos que, sin apenas ser conscientes, artificiosos, premeditados en cualquier gesto de creación, son capaces de construir marca personal. ¿Su imagen? Modesta, sin tapujos. Algo tan irreductible como su propia actitud. Y no, no nos referimos a encarnar un rol que tiene que ver con trazar una identidad corporativa a base de un monocromatismo y un juego de identidad a través de algún atuendo que tape la cara. Esto es mucho más sencillo: cuatro miembros con temas vorágines basados en los instrumentos imprescindibles para hacer ruido. Con tan solo dos LP, se albira su derecho irrefutable a hacerse banda patente, al menos en esta década donde la originalidad o, mejor dicho, la referencia sin plagio, es algo escaso . Y es que si Feels Like (2015, Columbia Records) ya fue todo una sorpresa necesaria, con Losing (2017, Superpop) asistimos a un desate todavía mayor, que nos da cuenta de cómo habíamos subestimado, acostumbrados a tanto cuidado precavido, a lo que nos puede ofrecer una nueva banda. 

Losing es la histeria sin medida. El crear sin orden, desde dentro del caos. Losing es el impulso irradiado. Desde el estómago, desde donde se concentra la ira. La rabia ciega, el desarreglo de los sentidos, el libertinaje del raciocinio, la realidad nebulosa por la ofuscación de una percepción que procede anárquicamente. Es también la voz agotada e hipnótica de You Could Be Wrong, su emotividad al admitir la derrota, ya exhausta, de Hate and Control, el retorno a la pureza del grunge de Guess There, la desnudez de la paranoide de Seeing It y la relación de diálogo distante y paralela entre grito y guitarra que se establece en Running. Se trata, pues, de un sonido mucho más rudo que se aleja de las melodías pop - punk filtradas de un modo más hondo en su disco debut.

Aquí la confianza ya ha sido alcanzada, las secuelas del primer choque amortiguador ya son conocidas; el resultado es tan solo un matiz cualitativo: asistimos de nuevo a la esencia del grupo de Columbia con los mismos gritos de su solista pero con unos tempos nada estructurados, nada lógicos. Éstos, a veces, incluso, suponen un momento de suspensión musical que hace tangible una atmósfera tensa que no parece ladear hacia ningún costado, asentándose en un punto muerto incómodo por una presencia combativa que se impone girando sobre sí misma. Y es que de eso se trata la imagen de Bully: de una posición irascible pero que destapa todas las mediocridades, las contradicciones del ser humano en unas letras que afloran confusión y desesperación por resolver aquello que nos acaba dominando y nos arrastra en un estado que culmina en la voz de Alice Bonagnon, esto es, en el grito.

Bully es la faceta femenina que necesitábamos de Beach Slang, el empuje que siempre le faltó a Cayetana, la agresividad que no acaba de romper en Diet Cig. Bully tiene su propio espacio, que proyecta hacia fuera con su fuerza pero que forja y blinda siendo éste imposible de ser arrebatado, equiparado, por cualquier otro grupo. Y aquí entra el don en la música, emanado por la confluencia de unos factores que no deben ser alterados. Aunque su trayectoria sea de cinco años. Aunque nos quede mucho por disfrutarlos y por seguir sus, probablemente, nuevos pasos. Aunque su potencial sea proporcional al eco de unos temas que, al acabar, dejan por sedimento el susurro del nervio los engendra, que se acerca, que manifiesta “Bullshit is the way”.

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